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La literatura

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Fuente: pexels.com Resulta fascinante la forma en la que cambia tu perspectiva acerca de las cosas cuando las juzgas desde otro punto de vista. Hace poco me preguntaba una autora qué era para mí la literatura. Tras haberme preguntado acerca de cómo funcionaba el proceso de edición, creo que estaba sopesando la posibilidad de enviarme o no su manuscrito para que fuese valorado bajo el sello de Letra r y quería decidirse en base a lo que yo podría decirle. Le dije, con la rotundidad de una máxima y la efectividad de algo surgido de repente, que es "esa soledad de sentirte acompañado mientras lees o escribes: todo lo demás es atrezo". No se si, en aquel instante, el entrecomillado la convenció o lo entendió como una frivolidad más de un editor que quiere ampliar su catálogo con otro título de añadidura.  Alguien podría pensar que tal afirmación supone echar piedras contra mi propio tejado -o, al menos, a una parte de él-, ya que supone que todo lo que significa el mundo editoria

El turista habitual

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Me gusta hacerme fotografías en lugares que conozco sobradamente. Como si fuese una turista cualquiera. Visto mi camiseta de tirantes, los primeros pantalones cortos que encuentro en el armario, las alpargatas y el sombrero que -según asegura mi mujer- hace que parezca italiano.       Con ese look  poso delante de la facultad de química, delante de mi portal, en la plaza de la fuente por delante de la que paso a diario camino del trabajo y ofrezco mi mejor sonrisa, como si fuese la primera vez que estoy allí. En ocasiones resulta cómico. Algún vecino me descubre sonriendo en un escenario absurdo -el portal, la calle en la que vivo, un banco cualquiera del barrio-, mirando a la cámara y preguntándose por qué diablos estaré haciéndome una fotografía precisamente en aquel instante y en aquel lugar tan ajado de rutina. Sin embargo, rara vez me lo preguntan: supongo que es porque se ha aceptado -de forma generalizada- la absurda necesidad que existe en la sociedad actual de documentarlo tod

El nuevo año

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Acabamos de entrar en el año nuevo y tan solo ha cambiado el mes en el que nos encontramos, tal y como ha sucedido doce veces a lo largo del año.      Todos tenemos la ilusión de que con el año nuevo cambie algo de aquello que hemos encontrado a lo largo del 2020, pero me temo que, tal y como he dicho al inicio, lo único que ha cambiado ha sido el mes. Está claro que si no cambiamos nosotros nada cambia; da igual que sea 31 o 1, diciembre o enero. En caso de que mantengamos la postura de quien espera el milagro de algún dios, todo continuará como antes. Todo seguirá carente del futuro que presumíamos tan solo hace unos meses en caso de que creamos que es el nuevo año el que, por alguna arte de magia, nos eche una mano.      Hace poco he leído "aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia". Espero que también cambie la profundidad de párrafos como estos.

Ricardo y la hormiga

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  El libro era «No entres dócilmente en esa noche quieta», de Ricardo Menéndez Salmón y la hormiga una de tantas de los prados que flanquean la playa de Berellín, cerca de Unquera.       Lo releía por tercera vez, deleitándome con la magia en las palabras de mi tocayo -en concreto un párrafo en el que recapacita acerca de la necesidad de preguntas que lo asolan desde siempre- y la hormiga recorrió la periferia del libro en sentido antihorario para hacerlo después al contrario, antes de saltar a mi pantalón y regresar al verde que había abandonado. La hormiga lo recorrió despacio, recreándose en el límite que marca el contorno de las hojas -incluso se permitió una parada para acicalarse o recomponer sus patas de la tinta adherida- antes de comenzar el viaje de regreso hacia el punto del que había partido.      Imaginé que aquello era una metáfora acerca de cómo se debe leer un libro o una representación a modo de performance  acerca de como yo lo hacía. Quizás la hormiga me miró desde s

Despacito, paisanito

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  "Despacito, paisanito, despacito y tenga fe"... Es lo primero que alguien me ha dicho hoy, antes incluso que el habitual "Buenos días".       Se trataba de un vecino con el que, los mas de los días, me cruzo a primera hora cuando saco a pasear a Queen, mi perro ya entrado en años, el carlino lleno de achaques y vida.       -"Es una canción de Atahualpa Yupanqui" -me aclaró.       Y he de confesar que no la conocía. Ahora ya sí, dado que justo en el momento en que el vecino continuó calle abajo busqué la letra de la canción en el mundo onírico que guarda todo teléfono móvil. Pensé que aquello, como en las películas, era una señal de alguien que habitualmente se cruza en nuestras vidas y al que apenas tenemos en cuenta entre el ajetreo diario y, sin embargo, se trata de un ser de otro planeta, otra dimensión o de otro concejo alternativo  que viene a mostrarnos un camino oculto al que se accede únicamente si atendemos a esas señales escondidas.      Es una

Antiguamente

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        He descubierto que hay una cosa que me molesta especialmente: que alguien se empeñe de forma sucesiva en hacer ver cómo se hacían las cosas "antiguamente", dando por supuesto que esa forma sigue siendo tan válida en la actualidad como lo era cuando la compra-venta se hacía a través del trueque y no con tarjetas de crédito.      Se trata de una falta de actualización que puede herir incluso las sensibilidades más ásperas. El hecho de que alguien se empecine en repetir y repetir y repetir hasta la saciedad algo que hace años era lógico y hoy resulta incluso absurdo, es algo que me saca de quicio. Incluso cuando estás mostrando que ya han aparecido otras formas de hacerlo, de abordarlo -sea la actividad que sea-, de forma habitual la otra persona mantiene intacta su opinión, por más que le muestres ante sus ojos que, si mezclas amoniaco con lejía, se desprenden vapores irritantes. Aunque sus ojos se licuen entre lágrimas y les abrase la garganta por el escozor, la tozud

El suicidio de los malos

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Siempre me he sentido identificado de un modo especial con ciertos «malos» de las películas. Hasta el punto de desear que fuese el «malo» quien consiguiese escapar, hacerse con el botín o salir ileso de la perrería. Es decir, en muchas ocasiones deseo que  la película en cuestión finalice de otra manera, no como aconsejan las productoras o quienes aconsejen las buenas maneras en estos casos.       Ayer he leído varias noticias que hicieron que en mi imaginación despertase el Hannibal Lecter que llevo dentro, o al Unabomber o cualquiera de aquellos que justifican sus acciones encubriéndolas de cierta inteligencia. En esas noticias aparecían varios jóvenes que habían quedado para contagiar el virus a la mayor cantidad de personas posibles en una playa y, por si esa noticia no fuese aterradora ya por sí sola, venía acompañada de otra que aseguraba que muchos jóvenes buscaban contagiarse evitando en todo momento las condiciones mínimas de sentido común que imponen los entes sanitarios. Por

Heridas de muerte las palabras

Esta mañana he recibido una de esas noticias que hacen que te cuestiones la importancia que se da a las cosas.      El hecho de que nos enfademos por razones tan variopintas como pueden ser lo salada que está la comida, un malentendido cualquiera con tu mujer o marido, una falta de tacto a la hora de abordar un determinado tema con un amigo, todas esas razones, como digo, quedan anuladas con la fuerza con la que te golpea una noticia como la que antes hablaba. En realidad no he hablado sobre ella -ni lo voy a hacer por respeto-, pero caes en la cuenta de todo el absurdo en el que vivimos, valorando más aquello que no tenemos que aquello de lo que disfrutamos.      Voy a hacerlo cortito. Como decía Rafael, «Siento esta noche heridas de muerte las palabras».

La llamada

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A las 5 de la mañana de esta última noche estaba paseando a mi perra. Tiene la costumbre de tocarme con la nariz la mano que sobresale del colchón. Es su humedad habitual la que hace que me despierte y no el toque mínimo y repetido con el que lo intenta. No acierto a comprender las razones por las que se despierta a mitad de la noche y acude en mi busca en el lado izquierdo de la cama. La mayoría de las veces regresa a la suya -que está a los pies de la nuestra- tras rascar su nariz o acariciarle la cabeza recién despertada. Quizás una pesadilla, una mala postura, un ruido desconocido hace que se sobresalte y busque refugio en la caricia. Sin embargo, en otras ocasiones, el movimiento repetido del que antes hablaba continúa tras haberla intentado calmar y animar a que regrese a su colchón todavía caliente. Es entonces cuando caigo en la cuenta de que no es ella quien reclama mi atención sino sus intestinos que, por alguna razón, han despertado revueltos y con necesidades inmed

La lágrima del astronauta

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Fuente: pexels.com Si un astronauta llora en el espacio exterior -porque añora a su mujer o marido, recuerda el sabor de la comida real o simplemente porque se le llenan los ojos de polvo lunar- la lagrima se queda en el ojo y no cae por la ausencia de gravedad. Y dicen que duele. Será por motivos de presiones intra y extraoculares, pero, al parecer, duele.      No encuentro simil mas acertado para explicar lo que sucede aquí abajo. En este planeta. No quiero entrar en la impotencia que a veces nos asola a aquellos que abogamos por otro mundo natural y vemos cómo intereses mercantilistas lo manejan y lo deciden todo. Me refiero al virus que nos acompaña en los últimos meses.      Ojalá todo fuese tan simple como culpar al gobierno que nos ha tocado. Como si no nos preocupase la solución, sino encontrar únicamente un chivo expiatorio. Hace poco decía que el futuro del país jamás había estado tan en nuestras manos. Y parece que ahora que los efectos del encierro hacen mella en nue

Exigo una satisfacción

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Fuente: pexels.com Hay individuos que están por encima de toda ofensa. Les es indiferente la palabra soez, el insulto o el improperio. Dejan escapar la rebelión como la gota de agua que cae del grifo mal cerrado. Con indiferencia.          En el primer paseo diario con mi perra vi a unos de esos individuos de los que hablo, atado también a un perro que caminaba a unos veinte metros de nosotros. Envuelto en un anorak azul llevaba el paso distraído de quien tiene la mente despejada y en calma. Dada la situación de tensión que se vive actualmente con motivo de la reclusión forzosa, alguien -un vecino de la calle por la que paseábamos- se dirigió a él con el tono despectivo de quien pretende comenzar una discusión. Lo hizo con megafonía y parapetado tras una persiana. Me pregunto por qué no dio la cara cuando gritó "Vete para casa ya con el perro. Gilipollas. Sí. Tú. El de azul". Me quedé mirando hacia arriba para ver si podía distinguir al vecino en cuestión pero no pude e

Las causas

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Fuente: pexels.com Es sabido, al menos por mí, que soy una apasionado de los números, de las matemáticas y, en concreto, de la estadística. En estos tiempos en los que parece que la ociosidad nos coge de la mano y dirige nuestros pasos, creemos necesario hablar de número de fallecidos, de contagiados y de aquellos dados de alta como si con ello fuésemos a sumar o restar importancia al hecho que nos envuelve. Parece que los porcentajes actúan como analgésicos o estimulantes según el caso.      No se debe frivolizar con números cuando se trata de personas. Actualmente hay casi 59.000 personas fallecidas en todo el mundo por el coronavirus . Que no es poco. Pero, matemáticamente, es menor que los fallecidos anualmente por otro tipo de enfermedades, diarreas o diabetes, por ejemplo, ni qué decir de enfermedades coronarias, tumores o enfermedades respiratorias. Es una cifra ridícula en comparación con esas otras causas, pero, repito, soy de los que cree que no deben compararse las c

No lo sé

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Fuente: pexels.com Después de varios años como profesor de matemáticas he descubierto que hay dos tipos de « no lo sé » .      Por una parte está el « no lo sé » utilizado por aquellos alumnos -utilizo el término « alumnos » en lugar de « personas » por defecto profesional- que realmente no entienden algún concepto y están dispuestos a que, en calidad de profesor, yo -o cualquier otro- se lo explique con el fin de que ese nuevo concepto les permita avanzar en la materia correspondiente. Por otra parte, están aquellos alumnos que dicen « no lo sé » con esa falta de interés que no hace sino retroalimentar la desidia en la que han caído, utilizando ese tono en esas tres palabras -no lo sé- para indicar que ni lo sabe ni le interesa saberlo.      Alguien me preguntaba hace poco qué alumnos eran aquellos que más me motivaban, si aquellos con un interés manifiesto o, por el contrario, aquellos que no manifestaban ninguno, siendo entonces nuestra capacidad para despertar ese interé

Contamíname

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Fuente: pexels.com Es muy triste saber que la contaminación ha disminuido exponencialmente desde que estamos confinados en casa. Ahora no podemos ni contaminarnos a nosotros mismos; han cesado los besos, los abrazos, el apretón de manos, la cercanía. Todo aquello que nos convierte en humanos ha cesado de repente: incluída esa contaminación.      Como especie, siempre he dicho que debería darnos vergüenza ser la única plaga real que hay en el planeta, aquella incapaz de autorregularse tal y como lo puede hacer una plaga de langostas, de estorninos o de mosquitos. Estoy de acuerdo en que arrasa con todo lo imaginable por donde quiera que pasa, pero al final, cuando de forma natural llega su hora, desaparece y es la propia naturaleza la que lo gestiona. Sin embargo, a nosotros nadie nos gestiona. ¿Por qué nos sorprende que sea ella -la naturaleza- la que pretende regularnos? Estoy seguro de que la causa fortuita bajo la que se esconde la razón del virus que nos gobierna, no es más q

Fugitivos y Mercadoners

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Fuente: pexels.com Con esta nueva etapa de confinamiento están apareciendo nuevos individuos que conforman un grupúsculo más o menos concurrido de las llamadas tribus urbanas. Me han llamado la atención, sobre todo, los Fugitivos y los Mercadoners. Me pregunto si cuando todo esto acabe y comience la nueva era que se promete, estas nuevas tribus permanecerán o desaparecerán como lo hará, espero que mas antes que tarde, la ineficacia con la que tratamos el virus en la actualidad. Hablo, sobre todo, de los Fugitivos y los Mercadoners. Los primeros son aquellos que salen de sus casas eludiendo la necesidad de confinamiento y evitan a la policia durante el paseo furtivo que los lleva al supermercado a por la compra absurda, al kiosco a por un periódico que presumen imprescindible o al paseo entendido como obligado por, sobre todo, aquellos ancianos que ven rota su rutina diaria. Yo, como compañero de perros -siempre he evitado el sustantivo dueño-, también me siento fugitivo en tanto

La rutina rota

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Fuente: pexels.com Esta reclusión forzosa debida a la epidemia del coronavirus nos está permitiendo recapacitar sobre diferentes aspectos de nuestro día a día que, de otra forma, no los consideraríamos.      Está lo de las relaciones entre nosotros. Con la reclusión nos ponemos en contacto con personas con las que, quizás, no hablábamos desde hace tiempo, bien porque habíamos dejado de tener contacto de forma fortuita o bien porque la distancia, el trabajo, la rutina nos impedían ofrecer un mínimo de tiempo para aquellos que deberían importarnos sin una razón concreta. He oído a muchos de los que me rodean decir que hablaban con determinadas personas más tiempo en estas fechas que en circunstancias normales, en las que, repito, parece que es la rutina quien nos lo impide.      También está lo de nuestra necedad habitual. Sobre esto sí solemos recapacitar. Nos impiden la salida y venderíamos un riñón, o los dos, por poder continuar alternando con nuestros semejantes. Jamás hemos

Blanco o negro

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    Fuente: pexels.com Me pregunto si hay apasionados del fútbol que sean, de forma simultánea, del FC Barcelona y del Real Madrid, o del Sporting de Gijón y del Real Oviedo, por poner dos de los ejemplos con los que me he encontrado a lo largo de mi vida y que, de forma indefectible, son excluyentes: desde el primer día que se toca un balón, se debe elegir entre uno u otro.      Solo busco a alguien que le suceda algo tan simple como que le apasione un deporte y que disfrute tanto viéndolo en televisión, como en directo, independientemente de los equipos que jueguen o bien, que disfrute practicándolo de forma habitual con sus amigos y no se defina como el sustituto de Mesi o de Cristiano, por ejemplo. Que disfrute de un deporte sin dejarse llevar por unos sentimientos que, la mayor parte de las veces, están reñidos con el juego limpio, las tácticas dentro y fuera del terreno, la realidad.      No sé si se debe hablar de manipulación. Desde una edad bien temprana inculcamos a nu

La ociosidad como madre

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Fuente: pexels.com      Hace poco descubrí que Jostein Gaarder, escritor de maravillas como «El mundo de Sofía» o «El vendedor de cuentos» entre otras, dijo que «La ociosidad es la madre de todos los vicios». Nunca se ha aplicado de forma tan intensa como en este primer día de reclusión forzosa con motivo de la crisis del coronavirus.            Es inevitable, supongo, pensar en vicios relacionados con el sexo, el alcohol u otras tramas que siempre llevan asociada esa pátina denigrante e ignominiosa que, para muchos, es el principal motivo de disfrute. Sin embargo, en este periodo de reclusión, me doy cuenta de que hay un vicio mucho más peligroso que los vicios comunes. Al menos para mí. Es la desidia.     E n la vorágine de la rutina habitual apenas considero lo que tiene de desacostumbrado el hecho de sentarte a esperar a que pase el rato, a matar el tiempo o a cualquiera de esas acciones que personifican el pecado capital de la pereza. Sin embargo, en uno de esos instantes

Lo minúsculo

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    Fuente: pexels.com En una de las escapadas en las que mi perra aliviaba sus necesidades, pensaba en el virus que nos recluye en casa y no nos deja hacer vida normal.      Mientras Noa buscaba el sitio idóneo para eliminar los residuos de su metabolismo, me fijé que el prado en el que estábamos  — ella concentrada, yo distraído —   se abría en miles de margaritas y decenas de dientes de león, blancas y amarillos, ajenos a todo, obviando de forma profesional todo lo que sucedía a su alrededor. Y me he sentido tan minúsculo como debe sentirse un grano de arena en una playa.      Abordé ese tema  — el de nuestra insignificancia —  en la novela  « Las islas vacías »  en la que, en más de una ocasión, relaté lo minúsculos que somos en el planeta. Cierto que entonces lo hice frente a un fenómeno meteorológico. Ahora frente a esta manifestación que se aleja de aquello a lo que estamos habituados, aquello que nos hace sentir cómodos en nuestra situación de seres supuestamente conclus

El pirata y la plañidera

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    Fuente: pexels.com Desde que decidí arrojar mis historias al mundo editorial, he descubierto que hemos convertido la literatura en un circo.      La impresión inicial fue la ilusión, esa que tienen los niños cuando sus padres los felicitan por su dibujo antes de colgarlo sujeto con un imán en la nevera tras revolverles el pelo, orgullosos de su retoño. Sin embargo, a medida que pasaron los meses he descubierto cierto desconsuelo al ver mis historias en las estanterías de librerías multinacionales que ni siquiera saben que ese libro está ahí, que está expuesto como quien expone un pantalón o una camiseta, anónimo, huérfano y despojado de pasado.      Una editorial está a medio camino entre un pirata y una plañidera: pirata en tanto que saquea, plañidera porque llora tras haberlo hecho. Quizás han perdido la noción de aquello para lo que fueron creadas -acercar los libros al público- y han transformado los libros, en base a los intereses mercantilistas habituales, en meros a

El día de la procreación

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    Fuente: pexels.com Todos estamos de acuerdo en que el día del cumpleaños se ha convertido en un día relativamente importante en la vida de cualquiera. Sin embargo, no es más que la celebración de un día que recuerda el día en que hemos venido al mundo, repetido tras trescientos sesenta y cinco días porque así se ha establecido en el calendario gregoriano.      No estoy muy al corriente de otros calendarios, pero me gustaría encontrar alguno en el que se celebrasen todos y cada uno de los días como si fuesen verdaderos cumpledías, agradeciendo así al dios pertinente, a la naturaleza o a la insensatez el hecho de que hayamos asomado nuestra cabecita pringosa hace n días, n+1 días, n+2 días y no n años, n+1 años, n+2 años. Por esa misma razón -la de celebrar nuestra llegada al mundo en base a un tiempo establecido en un simple calendario y, todo hay que decirlo, por meros motivos comerciales donde los regalos y la celebración materialista en sí son los verdaderos protag

Los miserables

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Fuente: pexels.com En distintos países el precio de las mascarillas y de los alimentos ha subido debido a la alarma manifestada en base a la necesidad de surtirse de artículos de protección y viandas básicas frente a una posible epidemia global de coronavirus.      Tenemos la capacidad de hacer frente incluso a esa máxima económica que dice que, si el precio de un artículo aumenta, su demanda baja y viceversa, si el precio disminuye, la demanda tiende a aumentar. Nosotros le damos la vuelta a la tortilla: si la demanda aumenta, se encarece el producto. Como buenos hijos de puta.      Para un animal cualquiera si hay escasez de alimento sus congéneres también lo encarecen y manipulan en cierta medida el «precio» al hacerlo más inaccesible para ese animal cualquiera. Si podemos sacar cualquier provecho económico, nos es indiferente el motivo. Por una vez nos convertimos en animales. Me pregunto cómo es posible que alguien encarezca el precio establecido de antemano de un pr

El coronavirus

El mundo se ha obsesionado con una posible epidemia de coronavirus y, si no me equivoco, alcanzará límites sospechados.      A lo largo de nuestra vida nos enfrentamos a virus que asolan regiones del planeta más o menos extensas, más o menos desarrolladas, más o menos definidas. Lo que nos preocupa no es que haya aparecido en China, Indonesia o Australia. Lo que nos preocupa es que llegue hasta nosotros en lo que sería una extensión del problema. Lo que nos preocupa es que el control se nos escape de las manos.      Siempre ha habido virus ―gripe aviar, gripe A― y la pandemia globalizada que prometía entonces desembocó en la comparativa con otras epidemias que hemos aceptado y a las que no les damos apenas importancia. La gripe, pongamos por caso. Este último virus, cada año, mata a millones de personas en todo el mundo y lo hemos aceptado como quien acepta un grano.      Es cierto que el virus que ahora nos compete es desconocido y no sabemos del todo qué  puede provoc

El cajón de los calcetines

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Fuente: pexels.com A una persona se la conoce por cómo tiene ordenado el cajón de los calcetines.      Cada vez que me enfrento a una persona ―digo «enfrentar» y no, por ejemplo, «conocer», porque no soy especialmente sociable― bien sea tras una presentación formal o tras un encuentro fortuito ―un desconocido en el supermercado, un vecino en el ascensor― me pregunto cómo tendrá ordenado el cajón inferior de su armario. No sé por qué, pero siempre relegamos a los calcetines al estante más bajo de nuestro ropero. Aun teniendo en cuenta que envolverán nuestros pies, aquellos que nos llevan de un lado a otro, los olvidamos en la parte más baja del escalafón. Quizás deberíamos guardarlos en un estante superior, pero algún sentimiento atávico nos insta a continuar con la humillación. Me imagino a ese desconocido o a ese vecino con el cajón ordenado en estricto sentido militar o bien descolocado como el pelo de un adolescente, sin que calcetín alguno repose junto a su pareja. De ese